viernes, 31 de mayo de 2013

Por algo será

                                                     Por algo será (Relato ficción).

                                      




   Iba yo, tranquilamente por la calle un día como otro cualquiera, cuando de repente, reparé en unos objetos tirados, cerca de un repleto contenedor de basura. Parecía que algún impaciente vecino no pudo esperar hasta el anochecer para deshacerse de sus tiestos. Me llamó la atención una brillante espada, además de una bola de pinchos con cadenas. Ambas armas medievales parecían conservarse en buen estado. Pensé que serían unos buenos elementos decorativos en la sala de estar de mi casa. En el momento de cogerlos, me vino a la memoria un suceso de mi niñez, parecido. Tirada cerca de un contenedor, encontré una pelota de vivos colores. Corrí alegremente hacia ella, cuando la severa voz de mi padre, me detuvo con brusquedad:

   “¡Niño, deja eso!”

   Al ver mi cara de tristeza, añadió:

   “Ya sé que te gusta, y parece casi nueva. Pero deberías pensar que cuando lo han tirado a la basura, por algo será”.

   Por algo será. Esa frase siempre fue una constante en mi niñez. Ahora, con treinta años, soltero, y con la única compañía de mi tranquilo gato, “Lucifer”, nada me impedirá llevarme los objetos que acabo de encontrar.

   Una atenta observación en mi casa, me permite visualizar mejor las armas. Si hasta tienen arañazos y melladuras, como si hubieran participado en algún combate ¿O estoy dejando volar mi imaginación? Lo más seguro es que su anterior dueño fuera un descuidado, y por eso están así. Bien, basta ya de armas, que hay que acostarse. Mañana seguiré con ellas. Como de costumbre, ceno, voy al servicio, me lavo los dientes, me tumbo en la cama, y a dormir como un lirón.

   Pero mi sueño dura poco. El triste maullido de Lucifer, me despierta. Apenas han pasado tres horas. Lo miré y me di cuenta de que tiene un corte en una pata ¡Dichoso gato! Seguro que ha sido al jugar con la espada. Se lo merece por tocar donde no debe. Ambas armas están en el suelo. El gato debió subirse en la mesa, y las tiró mientras jugueteaba con ellas.

   El tiempo pasa, salgo del trabajo, y antes de comer, le echo otro vistazo. Al verlas, Lucifer se esconde debajo de la mesa. Parece cierto ese refrán que dice: “gato escaldado, hasta del agua fría huye”. Miro con atención y veo unos grabados que parecen escritos en árabe

   ¿Qué querrán decir? Bien, no tiene importancia. Igual es la firma del fabricante. Ya lo averiguaré otro día. Pensándolo bien ¿Qué tal si las vendiera? Mi casa es pequeña y no tengo mucho espacio disponible. Le doy vueltas y vueltas al asunto, y decido que no. Jamás me lo perdonaría. Lo único que tengo que hacer, es quitar el viejo cuadro de la pared, que tanto le gustaba a mi abuelo, y colocarlas ahí.

   Dicho y hecho; cojo el taladro, abro unos cuantos agujeros más, y las cuelgo. Están muy decorativas ¿Cómo se me pasó si quiera por la cabeza, venderlas?

   Por la noche, poco después de acostarme, escucho un fuerte ruido, seguido de otro. Me asomo y veo las armas en el suelo. Una de las baldosas tiene un fuerte desconchón ¡Qué desastre! ¿Por qué habré tenido la mala suerte de que un arma, al caer, arrastrara a la otra en su caída? En realidad, no debería extrañarme. He puesto unos viejos espiches que quité de la cocina hace un tiempo. Si no hubiera sido tan tacaño, los objetos seguirían en su sitio, y la baldosa estaría entera. Mañana iré a la ferretería.

   Por cierto ¿Y Lucifer? ¡Ah, sí! Está en un rincón del cuarto de baño. Parece que el ruido lo ha impresionado. Pero ya lleva un buen rato ahí, sin querer salir ¿No se está pasando un poco?

   Todo arreglado. Las armas vuelven a estar en su sitio. Además de espiches, también compré alcayatas.

   Vuelvo a acostarme, y suena un fuerte estrépito ¿Serán las armas otra vez? En efecto, vuelven a estar en el suelo ¿Cómo es posible? ¡Con todo lo que me esforcé! Vuelvo a tener faena. Me espera otra tarde haciendo agujeros.

   Al pasar por el pasillo, tropiezo con Lucifer ¡Menudo susto me ha dado ese patoso gato! Debería castigarlo para que aprenda a no esconderse y salir tan de repente. Pero seré comprensivo. Bastante tiene ya con el corte que se hizo, además del miedo que se ha llevado al escuchar la caída de mis adornos medievales.

   Decido cambiar de estrategia. Coloco la espada en una pared, y la maza, en otra. Añado más espiches y alcayatas. Debajo de cada arma coloco una pequeña alfombra para que les amortigüe una posible caída. Me pregunto si me estoy volviendo loco o soy muy derrotista. Tras los ajustes que he hecho, sería demasiada mala suerte que se cayeran de nuevo. Pero el pesimismo no me abandona. Siento la impresión de que cuando sea de noche, caerán de nuevo. Me fijo en el gato. Está muy asustado. El arisco Lucifer, contra su costumbre, ésta vez no rehúye mis caricias, ni maúlla malhumorado. En verdad, algo extraño, pasa.

   Cae la noche. Antes de acostarme, miro con recelo la sala de estar. Apago la luz y me voy a mi habitación. Me cuesta trabajo dormir ¿Qué demonios está pasando? ¿Acaso hay fantasmas en mi casa? ¡No debo pensar en eso. Lo ocurrido es casualidad! Sí, ¡Pura y simple casualidad, mezclada con mi dejadez! Se me pasa por mi mente, que podría ser el espíritu de mi abuelo, que enojado por quitar el cuadro, me está castigando. Pero desecho muy pronto esa idea. El, jamás sería capaz de hacerme daño. Nunca lo hizo en vida, y no lo hará tras morir. Será mejor que me quite esas cosas absurdas de la cabeza o no dormiré bien y tendré un rendimiento muy flojo en el trabajo. Al jefe le importan un bledo mis problemas y es capaz de despedirme si le contara lo que pasa por mi mente.

   Por fin, consigo conciliar el sueño. Todo ha sido producto de mi imaginación. Cuando consigo relajarme, Lucifer entra, maullando, como un condenado.

   Lleno de temor, me levanto y enciendo la luz del pasillo. Lo que veo me llena de angustia. La espada y la maza han cobrado vida, y se mueven solas en el aire. Justo a tiempo, cierro la puerta. La espada la golpea con fuerza, pero por fortuna no consigue tirarla. En la sala de estar, se escuchan unos ruidos muy fuertes ¿Dónde se meten los vecinos cuando más falta hacen? ¿Es que nadie escucha el estrépito? ¡Con lo entrometidos que son! ¿Qué demonios les pasa, hoy?

   Los ruidos han estado sonando durante toda la noche. Al amanecer, todo es silencio. Me levanto. Cojo un zapato para defenderme. Es lo único disponible que tengo en mi dormitorio. El gato no se ha movido de la cama desde que entró. Me siento aturdido ante lo que veo. La pared está llena de boquetes y desconchones. El televisor se ha llevado la peor parte, y está totalmente, roto.

   Las armas siguen colgadas en su sitio, como si fueran inocentes del suceso. Habrá que rascarse el bolsillo para arreglar la pared y comprar un televisor nuevo. Al observar los daños, me doy cuenta de que no parecen hechos al azar. Diríase que los desconchones en la pared forman la figura de un guerrero árabe, montado a caballo. Sea lo que sea, decido tomar una decisión. Antes de ir al trabajo, cojo las armas, las meto en una bolsa y me dirijo al lugar donde las encontré. Miro con atención porque es de día, y me pueden multar por tirar basura antes de que oscurezca ¡Solo me faltaría eso! Al ver que no hay ningún guardia, arrojo la bolsa con ira y rabia ¡Cuánta razón tenía mi padre! Si te encuentras alguna cosa en la basura, déjala ahí. Cuando su dueño la ha tirado, por algo será.

                  ºººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººº

                                      Escrita por Tio Antonio