martes, 27 de agosto de 2013

Disco aniversario


   No os extrañe ver algún que otro hilo mío, hablando de las discotecas. Después de todo, he pasado mucho tiempo en ellas, y he vivido alguna que otra anecdota, afortunadamente, sin consecuencias graves, pero pasando vergüenza propia alguna vez, y ajena, más veces. Pero hoy no viene a cuento hablar de eso.



   Así, de repente, me acordé que en septiembre será el aniversario de mi visita por primera vez a una “disco”. De eso hace….treinta años. Casi nada. Aún estaba en la mili. Fue un domingo por la tarde de principios del mes mencionado. En realidad ya había asistido a otras salas de fiestas improvisadas, como escuelas y talleres, que hacían los chavales para sacar dinero para el viaje de fin de curso o excursiones. Pero lo que se dice ir a una discoteca en toda regla, eso no ocurrió hasta el 4 de septiembre de 1.983 (o una semana más tarde). Pero me inclino más por la primera opción.


   Esa fecha pudo haber sido antes, de no ser porque yo estaba ahorrando para comprarme un radio casete por mi cumpleaños. En un artículo anterior hablé de él, y me llevé al menos tres meses o más, ahorrando hasta minimizar los gastos, provocando la rabieta de mis amigos; sobre todo, de Félix, que amenazaba con no contar conmigo para salir, si persistía en esa actitud. No es de extrañar por tanto, que cuando me metían guardia en el cuartel los domingos, respirase un poco aliviado.  Al principio las aborrecía, pero el ambiente había cambiado. Septiembre de 1.983 no era el de 1.982. El ambiente había cambiado, considerablemente, y las amigas de entonces, no eran sino una sombra de lo que fueron antes ¿Por qué no tomarse la vida con calma? 

   Cuando por fin abrí la lata, descubrí algo decepcionado, que el dinero no era suficiente. Tenía que haber ahorrado 10.000 pesetas más o menos (sesenta euros) y había poco más de seis mil (cuarenta y tantos euros). Mi padre me acompañaba, y como regalo de mi santo, puso lo que faltaba.  Hago saber que mi santo es cinco días antes que mi “cumple”.

   Bien, ya tenía el radio casete. Se acabaron las restricciones. Ahora, por fin, podíamos ir a la disco. Me acompañaban Félix, José el gallego, y Luís el australiano.  Dentro se encontraba la hermana de este último, acompañada por sus amigas.


   Lo pasamos muy bien, no podíamos quejarnos. No sería la última vez que visitáramos esa discoteca; al menos, Félix, Luis y yo. José, no. No le gustó. De hecho, lo advirtió antes de entrar. Sospechaba que no era lo que buscaba, pero por una vez, no había problema. No nos extraño, pues es un chaval que se toma la vida con filosofía. Hace mucho que no lo veo por la calle. Lo mismo digo de Félix. Ese, a mediados de los 90 se fue a León, ya que su padre trabajaba en una inmobiliaria. Al parecer tuvo problemas con su socio, y tuvo que irse a otra ciudad a buscar trabajo. A Luís le fue peor. A principios de los 90, tuvo alguna enfermedad. No sé si cáncer cerebral, derrame cerebral, o algo parecido. El caso es que murió. Descanse en paz. Lo he echado mucho de menos.


   La discoteca cambió de nombre y de ambiente, a principios de 1.994. Ya no te permitían la

entrada si no vestías con elegancia. Volvió a cambiar, y a recuperar el nombre. Pero hace tiempo que no voy por ahí ¿Quién sabe? Puede que algún día, me entre la nostalgia y me acerque. De momento, le he hecho este homenaje en mi blog.  

martes, 20 de agosto de 2013

Noche de marcha

  


 No tengo ningún inconveniente en ir de juerga por la noche con Pablo y Paco. Ellos son unos tíos muy marchosos con los que puedes divertirte. Pero no puedo decir lo mismo del amargado de Angel. Por mí, que no venga.
   —No pasa nada, Miguel. Angel es un buen tipo.
   —Eso es. Solo hay que darle un poco de confianza. No seas gruñón, Miguel
   Decido acceder para que no me tomen por patoso. Pero eso de que Angel es un buen tipo que solo necesita confianza, es pura mentira. Digo y repito, que ese chaval es un amargado. Ya lo conozco de vista. Lo vea muchas veces en el recreo, cuando estudiaba formación profesional.  Casi siempre solo, mirando con envidia a los compañeros que tenían novias. También escuché que en los “boys scouts” lo echaron del grupo, por dedicarse a meter cizaña entre los compañeros por intentar aislar de su patrulla a dos chavales que no le caían bien.
   De eso, hace ya tiempo. Ahora, que tenemos entre veintidós y veintitrés años, esas cosas pueden sonar a chiquilladas. Pero pienso que las personas no somos tan distintas con el tiempo. El que no fue destacable durante la adolescencia, rara vez lo será después. Pero la mayoría de los inconvenientes que encuentro para que Angel nos acompañe, me los guardo para mí. A ver si encima, mis dos colegas van a pensar que el patoso soy yo.



   Como no tenemos coche, cogemos el autobús. Durante el recorrido, hablamos animadamente. Angel, para no variar, parece ajeno a nuestra conversación.
   Llegamos a una parada. Se suben cinco chavalas. Una de ellas la conozco de verla por mi barrio. Parecen muy ilusionadas.
   —Primero iremos a la disco de la calle Principal, luego a la otra disco que está más cerca. A continuación, al pub ese, que está cerca del Ayuntamiento ¡La noche es nuestra, chicas!



   Sonrío. El pueblo al que nos dirigimos tenía muchas salas de fiestas. Pero entre la crisis y la multa que tuvo que pagar el dueño de dos de esas discotecas, obligándolo a cerrar, solo ha quedado la de la calle Principal Ahí, pasaremos toda la noche. Hay además otras de menos categoría, en la que solo hay peleones y drogadictos.
   Llegamos a la parada. Pablo y Paco proponen que antes de entrar, tomemos algo de comer. Angel no es partidario de eso.
   —Debisteis de habérmelo dicho, antes de venir. Si comemos, no voy a tener dinero suficiente para entrar en la “disco”.
   —Pero hombre ¿No sabes que estar toda lo noche sin comer es malo? Pregunta el sorprendido Pablo.
   —Comed vosotros. Yo me iré a dar una vuelta mientras coméis.



   Empezamos mal. Decidimos hacer una colecta para pagarle un bocadillo y una cerveza. Ni siquiera nos da las gracias, sino que tras coger sus vituallas, se sienta en un asiento aparte. Eso nos sienta mal.
   Cuando terminamos de comer, le preguntamos por qué ha hecho eso, y nos dice que le da asco vernos hablar con la boca llena. Otro detalle feo, que además es mentira, porque guardamos silencio mientras comíamos. Vamos al servicio del bar, Paco y yo. Este, irónico, sonríe, dándome la razón.
   —Parece que Angel no está a gusto en nuestra compañía.
   —Sí. El es un ángel, y nosotros, demonios. Le contesto.
   —Lo malo es que Pablo tiene una paciencia de oro.
   Tardamos unos quince minutos en salir. Vemos que Pablo está discutiendo con un chaval. Hay gente alrededor. Queremos saber lo que ha pasado. Los amigos del chaval nos informan que Angel le ha dicho una guarrada a una chica que estaba con ellos. Su novio se ha enterado, y amenazó con partirle la cara. Pablo ha salido en su defensa.
   —Más vale que sujetes de la correa a tu amigo, o tendrá problemas.
   —No te permito que hables así de él. Angel no es un perro.
   —Vale, no quiero discutir contigo. Tú no me has hecho nada. Pero si quieres un consejo amistoso, manda lejos a ese “angelito”.
   La discusión parece subir de tono. Los separamos, y decidimos salir a una plazoleta cercana. Pablo está que trina. Angel se ríe, burlón.
   —Menudo cagoncete estaba hecho el gilipollas ese. Tiene que tener unos cuernos tan grandes como una catedral ¿Habéis visto como iba vestida su novia?
   Parece que Pablo no tenía tanta paciencia como imaginábamos. Con brusquedad, manda guardar silencio a Angel.
   —Aunque no te guste su forma de vestir, eso no es motivo para llamarla “guarra”. Si lo haces, que no sea estando nosotros contigo.
    Angel se cruza de brazos, como un príncipe ofendido.
   —Vale, vale. Me echáis. Pues muy bien. Me voy.
   Nos miramos. Esa actitud es muy infantil, pero no sabemos lo que va a hacer Angel, dando vueltas toda la noche, por un pueblo que no conoce bien. A regañadientes acepta seguir con nosotros. Pero se muestra callado y distante.



   Por fin,  dos horas después de comer y dar una vuelta, llegamos a la discoteca. Las chavalas que vimos en el autobús tienen cara de decepcionadas. Parece evidente que ya han visitado aquellos sitios tan ambientados seis meses antes, pero que ahora son locales muertos.
   Decidimos bailar un poco en la pista. Angel se queda sentado en un rincón, y no nos mira. Paco protesta.
   —Vaya con el coleguita. Nos va a amargar la noche.
   —No, hombre. Lo que pasa es que no nos conoce bien. Tal vez, hice mal en gritarle. Dijo el conciliador Pablo.
   Le decimos que la bronca que le armó, bien armada está. Nada justifica esa subida de tono con la chica del bar.
   —Ciertamente, no debió de insultarla, pero pensad un poco. Angel no parece haber tenido novia nunca. A lo mejor, en vez de decirle “guapa” a la chica, tuvo un desliz, y le dijo “guarra”.
   Pablo parecía tener remordimiento por haber abroncado con razón a Angel. Nuevamente hacemos una colecta, pero esta vez para bebidas. Con sonrisa amistosa, le deja caer en la mesa, una botella de cuba libre.


 
   —Todo para ti, Angel. Le dice, mientras le da una palmada en la espalda.
   El aludido parece contento. Tras beber un par de tragos, se anima a bailar. Pero lo hace, alocadamente, y sin control. De hecho, una chica lo mira con mala por haberla pisado sin querer. En un rincón de la pista hay cinco o seis chicos que visten de cuero, y parecen gays. Pero van a lo suyo, y no se meten con nadie. No puede decirse lo mismo de Angel, que para nuestro espanto, se ríe de ellos a carcajadas. Los gays hacen como si no lo vieran, y pasan de él. Nosotros intentamos abrirnos paso entre la multitud, pues intuimos que va a haber problemas. Así, es.



   La paciencia es una virtud. Los gays de la discoteca son realmente virtuosos. Pero todo tiene su límite. Uno de ellos acaba por ponerse nervioso y le da un empujón a nuestro acompañante. Este saca una navaja de su bolsillo, y lo amenaza. Los compañeros del ofendido sujetan a Angel la mano, y lo tiran al suelo.



   Hecho un “berserker” Pablo acude en su defensa. Paco y yo hacemos lo que podemos, pero no sirve de mucho. Lo último que recuerdo del enfrentamiento es a un gay bigotudo que me tira al suelo, y se lía a tortas conmigo. Parece que a Paco le pasó lo mismo, pero con uno calvo. Más tarde me enteré, que el bigotudo se llamaba Jose María.


   Llega la policía. Nos lleva detenidos a comisaría. Parece que Pablo ha dado muchos problemas. Es acusado de agresión múltiple. Cuando el agente le pregunta el motivo de su actitud, se limita a decir que estuvo borracho. Los gays imitan su ejemplo, al igual que nosotros. Ha sido una pelea desafortunada, y no queremos problemas. Pero Angel es un patoso. Para nuestra sorpresa, acusa a Pablo de ser el que empezó la pelea. Nuestros rivales nos miran comprensivamente, como diciendo: “Vaya colega más felón tenéis”. Pero no le hacen caso. Finalmente, Angel se derrumba, y acaba admitiendo que él empezó. Les decimos a los agentes que tenemos que coger el autobús dentro de una hora. Por fortuna nos dejan salir.



 Nuestros rivales nos dan la mano amistosamente, y se presentan. El nombre del que Angel se puso a molestar, se llama “Ignacio”. “Iñaki” para los amigos. Nos invitan a comer churros, y nos acompañan hasta la parada. En verdad son buenas personas. Angel se pasa todo el tiempo mirando al suelo, avergonzado. No dice ni una sola palabra.
   —Siento lo ocurrido. No volverá a pasar. Dice Pablo, avergonzado.
   —Lo comprendo. Por un amigo se hace lo que sea. Dice Iñaki.
   Nos montamos en el autobús. Ellos se despiden de nosotros, y nos aconsejan que controlemos el alcohol. Nos comprometemos a hacerlo. Jose María me pide disculpas. Me pregunta si me duele. Le digo que no, pero miento. De todas formas parece buena persona, y todos queremos olvidar el desagradable suceso.



   En el interior del vehículo se encuentran las chicas decepcionadas. Al vernos, nos preguntan cómo nos fue en comisaría. Por respeto, decido contar una versión diplomática de lo ocurrido. Les explico que todo fue una confusión, un malentendido que se produjo por causa de la influencia del alcohol. Pero el avergonzado Angel, tras varias horas guardando silencio, grita lleno de ira.
   —¿Un malentendido causado por el alcohol? ¡Y una mierda! Yo no bebí tanto.
   Decido hacer caso omiso a las palabras de Angel, y sigo contando lo que ocurrió. Este, al sentirse ninguneado, decide contradecirme.
   —Me reitero en lo que dije a la policía ¡Empezasteis vosotros!



   Pablo lo mira, lleno de asombro. Esa no es forma de hablar de unos amigos que han dado la cara por él. Angel se explica mejor.
   —Disculpad que os hable así. Vuestra intención fue buena. Pensasteis que yo estaba en apuros, pero no era así. Yo controlaba la situación por increíble que os pareciera.
   —Claro, claro. Dijo el irónico Paco.
   —Sí, sí. De verdad ¡Vaya, tíos, qué apuro! Pensaréis que soy una ingrata persona ¿Verdad?
   —A mí, no me lo parece. Dice Paco sin abandonar su actitud.
   —Hombre, tú me dirás qué es lo que debemos de pensar de alguien que deja tirados a sus compañeros de juerga, y se pone a buscar pelea a los demás. Dijo el enojado Pablo.
   Angel hizo un gesto significativo, señalando con el dedo a su interlocutor.

   —Ese es el error. No me estaba metiendo con esos chicos. Solo pretendía conocerlos. Pero ellos me ignoraron vilmente, y no pude evitar amenazarlos. Hice mal, pero yo soy así. Lo siento; ese Iñaki me gustaba, y se me cayó el mundo encima cuando vi a Jose María, abrazarlo.

martes, 13 de agosto de 2013

La hadita en el desván


  
 El hada Mercurita siempre sintió curiosidad por saber lo que guardaba el oscuro desván de su escuela de magia. Unas alumnas mayores le dijeron que no había nada en especial. Otras, por el contrario, le dijeron que había hechizos de todos colores, pergaminos con recetas mágicas y otras cosas insólitas que despertaban su atención.



   La hadita no descartaba que la mayor parte de lo que le habían dicho fuera mentira. Lo cierto es que para bien o para mal, quería entrar, hubiese lo que hubiese. Apenas llevaba un par de meses en esa escuela y había mucho por conocer. Por supuesto, los profesores prohibían a sus alumnas y alumnos acceder a algunos lugares. Decían que eran sitios privados a los que los niños no podían ir. El desván era uno de ellos.
   Los desvanes siempre llamaron la atención de la alumna. Recuerda que una vez su vecina, días antes de mudarse de piso, permitió a ella y a su madre acceder a su casa para llevarse las cosas que no le interesaban o no podía llevarse. Las guardó en el desván. Ella se llevó poco, porque apenas había objetos de uso infantil, pero quedó encantada. Para ella, cada desván es una puerta de acceso a otro mundo, independiente de su contenido.
   Un sábado por la tarde, aprovechando que la mayoría de sus compañeros internos salieron a pasear por las calles de la ciudad, pensó que sería el momento adecuado para intentar acceder a esa estancia en las que tantas veces había deseado curiosear.
   Sus compañeras más cercanas le preguntaron el motivo por el que no las acompañaba a pasear. Ella les dijo que le dolía la cabeza. Cuando el colegio quedó casi vacío, se aseguró sobre todo, de que el portero no la veía acceder. Este estaba enfadado con ella, debido a su manía de tirar las cáscaras de pipas al suelo, y dificultarle sus labores de limpieza. Ella protestaba ¿Acaso era la única que lo hacía? ¿Por qué no le decía lo misma a sus compañeros?  Por ese motivo, en cuanto se daba la vuelta, la ofendida hadita, le ensuciaba el suelo como represalia.


   Nadie por aquí, nadie por allí. Señaló con el dedo al deteriorado candado, y le aplicó el hechizo “Desbloquear” ¡Listo! Ya podía entrar. Cerró la puerta con cuidado y encendió una vela que traía.

   El espectáculo fue maravilloso para sus ojos. Había tres estanterías llenas de toda clase de objetos. Muchos de ellos eran adornos decorativos usados para decorar el patio de la escuela para celebrar la llegada de un año, o para despedir a los alumnos de un curso finalizado.    
    También había juguetes y objetos diversos. Se preguntaba el motivo por el cual no se los habían llevado. Sí, es cierto que al igual que sus compañeros, las hadas y hados están allí para aprender a hacer el bien a los demás. Pero gente caprichosa la hay en todas partes, y le extraña que las estanterías estuvieran tan llenas. En cuanto al hechizo que lanzó a la cerradura, es de uso muy común, y hasta el alumno más torpe puede usarlo.
   Mercurita se llevó casi media hora toqueteando los objetos y curioseando. Solo la luz de la vela, que se estaba apagando, la hizo volver a la realidad. Bien, ya se había divertido bastante por hoy. Es hora de salir. Otro día continuará.
   No tuvo ninguna dificultad en salir. Menos mal. Cogió el candado y lo volvió a poner en su sitio. Se llevó el trozo de vela que le quedaba, esperó a que se enfriara, y lo guardó en el bolsillo. Vio que los pocos compañeros que estaban en la escuela se dirigían a merendar ¡Buena idea! De jugar le había entrado hambre.




   Al entrar en el comedor se puso a la cola para coger el bocadillos. Se dio cuenta de que la gente la miraba con atención. Eso no le extrañó. Mercurita era muy espabilada, y si podía, se colaría. Igualmente, si la comida era de su agrado, repetía sin pedir permiso. Ya la habían cogido un par de veces, y castigado. Aguantó con indiferencia las miradas de sus compañeros. Ese día no se iba a colar. Pero en cuanto pudiera….
   De pronto, sintió una palmadita en el hombro. Era la directora.
   —Mercurita ¿Te has lavado las manos?
   —Hola, directora. No lo creí conveniente. Las tengo limpias. Además, si me entretengo demasiado, no podré comerme un bocadillo de lo que me guste.
   La docente sujeta una de las manos de Mercurita, y se la pone delante de los ojos.
   —¿Estás segura de que no necesitas lavártelas?
   El hada se asusta ante lo que ve. Las muñecas desprenden un extraño brillo plateado. La directora le señala los zapatos, que brillan también; lo mismo que el vestido y su pelo.

   —Has estado curioseando en el desván ¿Verdad? Hace tiempo, unos alumnos hicieron lo mismo que tú, y rompieron un bote de purpurina plateada. El polvo está por todas partes, y se pega a las paredes, las ropas y al cuerpo. Como el interior está muy oscuro, apenas se nota, hasta que sales fuera. Este domingo te quedarás castigada durante una hora, haciendo tarea, por entrar en un lugar de acceso prohibido. Luego, si te portas bien y me pillas de buen humor, te dejaré ir a dar una vuelta.





   La hadita sonrió con resignación. Admitió que se lo merecía. Lo malo fue que cuando las compañeras llegaron, se burlaron de ella. Pero en su interior, Mercurita pensó que había valido la pena. Una hora haciendo ejercicios de matemáticas, y unas risitas burlonas durante unos pocos minutos eran un precio muy pequeño a pagar por explorar un mundo, hasta entonces desconocido. De hecho, no descartaba entrar otra vez. Pero tendría la precaución de ir al cuarto de baño, nada más salir.       

miércoles, 7 de agosto de 2013

La vieja mercería

                                                         

                                              Papel timbrado con el nº de teléfono tachado.

   La abrieron mis padres poco antes de yo nacer. En un principio fue droguería, pero con el tiempo vendimos artículos de mercería. En mi juventud, durante los años setenta, tuvo cierto éxito. Tanto, que no pocas veces mi padre, me recogía tarde de la escuela, y me quedaba a jugar solo en el patio del recreo.

   Me pregunto, no pocas veces, si la gran imaginación que tengo, no se incubó en esos momentos de soledad, pues los compañeros se quedaban jugando conmigo, solo un ratito

   A principios de los ochenta, su estrella declinó. Probablemente, debido a la brutal reconversión naval de los astilleros, que afectó, sobre todo a Cádiz, mi ciudad natal.
 
Los astilleros

   Tras esa reconversión, vinieron los hipermercados, que vendían de todo. Pero el remate final, lo dieron las tiendas de "todo a un euro". Aunque nos adaptamos a los nuevos tiempos, el nivel de venta no mejoró, y a mediados de julio del 2.005, cerramos el negocio.

Tarros de crecepelo. Alguno de ellos me vieron hacer la comunión. Los clientes no confiaban en ellos. Yo, tampoco. Hace un mes que los tiré.

Una vieja balanza. Esa, seguramente, me vio nacer


   Estaba previsto que yo me haría cargo de aquello, algún día. Pero las cosas no salieron como estaba previsto. Además, "Correos", que era dueño del local, ya hacía tiempo que dejó de cobrarnos el alquiler de este. En el supuesto caso de que hubiesen aceptado alquilármelo a mí, lo habrían hecho con un contrato moderno, que desde luego no iba ser tan favorable a mis intereses, como lo fue el viejo para mis padres. A juzgar por las ventas de los últimos tiempos, habría acabado por dejarlo.

                                        Yo, un año después de cerrar. Aún no habíamos vendido los artículos

   A pesar de que intentamos negociar con Correos, estos se mostraron fríos y dsitantes. Nos devolvían el dinero del alquiler del local, y nos decían secamente "hagan una oferta". Los vecinos, que en su mayoría trabajaban ahí, nos confirmaban que tal entidad no estaba interesada en alquilarnos nada. Eso supondría unos gastos y un mantenimiento, que no se podían permitir. Me olvidé mencionar, que en algunas ocasiones se producían atasques de tuberías, con el consiguiente malestar producido, y las culpas de unos a otros, sobre quiénes fueron los causantes.


Un viejo teléfono. Era el que atendía las llamadas durante los viejos y buenos tiempos.

   Entre los años 2.006 y 2.008 nos olvidamos de la mercería-droguería, excepto para vender barato a otra mercería, algunos artículos que aún quedaban. Curiosamente, mi afición por la escritura comenzó, casi un año antes de cerrarla ¿Presagio?


                          Estanterías. Contenían latas de pinturas y brochas. Esas no fueron vendidas. Unas nos las llevamos, y otras estaban secas y fueron a parar a la basura

 
   A principios del 2.009, harto de los virus que atacaban constantemente mi ordenador, me vi obligado a comprarme un portátil, y buscarme otro sitio fuera del alcance de internet, para evitar distracciones ¿Y qué mejor lugar, que la vieja mercería? Aún estando cerrada, había quedado como una especie de "tierra de nadie", y en desuso. Mientras Correos nos echa o no, ahí me quedé, pues aunque legalmente no es mía, la llevo muy arraigada en el corazón.


La puerta con la baraja levantada


   Durante ese tiempo, ha sido mi rincón para escribir relatos y editarlos. Pero un día escuchamos rumores de que Correos va a subastar o vender los locales a principios del 2.014. Rumores como esos los escuchábamos todos los días, pero por el momento, no ha ocurrido nada, ni se nos ha comunicado oficialmente, nada por el estilo.
Mi portátil en una mesa de televisión con ruedas. Mi primer escritorio, situado detrás del mostrador.

Con el tiempo cambié de lugar el escritorio, y lo puse en la parte exterior.Sin duda, no estorbará a los clientes ;)

Durante un breve tiempo usé un monitor, pero no me gustó. Ya me había acostumbrado a la ancha pantalla que traía el portátil. Además, está averiado y cambia las tonalidades, de vez en cuando.

Decorado un poco durante las navidades del 2.012 con lo que encontré por ahí. La flor de papel la hizo mi sobrina. 

Yo, mirando la decoración navideña

   Aún sigo allí, pero no descarto tenerme que ir. Como es natural, aún quedan cosas que desconocemos qué hacer con ellas, y la nostalgia ocupa sitio. Tenemos un cuarto trastero en el que podemos guardar algunas pertenencias. Espero que sobre sitio para instalar mi pequeño estudio. Pero es un lugar incómodo, situado debajo de una rampa. Me doy con frecuencia muchos cabezazos al andar. No hay servicios, y hace mucha humedad, por lo que tendré que estar paseando el portátil, con frecuencia.

Dentro de poco, este será mi nuevo escritorio. Obsérvese la poca altura existente entre el techo y el suelo. Me aguardan muchos cabezazos al levantarme. No tiene servicio, y está muy húmedo.Pero no tengo otra cosa 

   Ya pensé en la biblioteca como lugar para editar/escribir mis relatos. Pero no me convence. No siempre es posible encontrar un enchufe libre. Tampoco voy a estar cargando con mi teclado inalámbrico, y llenar la mesa de tiestos, molestando a los demás usuarios. El ratón que no falte, pues el teclado táctil de los portátiles no me gusta. Se saltan los márgenes con frecuencia. A ver, cómo acaba todo esto. El caso es no dejar de escribir.