lunes, 14 de septiembre de 2015

“MEI”; un curioso hallazgo

     
  La torre del Pirulí, construída en 1.992. 
Los montículos de abajo eran en 1.987 unos montículos de
arena roja, repleta de escombros, hierros retorcidos y 
porquerías de todo tipo. En uno de ellos encontramos el
hallazgo

      Es muy probable que sucediera a principios del año 1.987, pocos meses después de que mi primo pasara por un suceso doloroso. Tal vez fuera por eso, que recuerdo, más o menos, la fecha en que ocurrió lo que voy a contaros. Íbamos él y yo, un frío domingo por la mañana, cerca de la playa, “Santa María del Mar”, cuando al pasar por una vieja escombrera se dio cuenta de un detalle que le llamó la atención.
      Bajamos y nos llevamos una sorpresa. Vimos una losa blanca, muy pesada, con una inscripción, evidentemente romana. Ponía “MEI”. Era una losa de mármol, rota. Tal vez midiera 50 centímetros, en su parte más ancha, por 29. En el mismo filo de uno de los lados, había una letra, cortada, que lo mismo podría ser una “I” que la mitad de una “D” o de una “L”. O quizás de una “P”. A saber qué era el texto que faltaba.
La lápida, creada de memoria con el programa Illustrator.
No recuerdo bien si la parte estrecha estaba a la izquierda
o a la derecha. Puede que el recuadro de arriba fuera algo más bonito. 
La letra "M" no era como la de la fuente del programa que usé.

      Tenía un color blanco, casi crudo. Pesaba, al menos, 15 kilos o más. Por detrás tenía un enorme pegote de pegamento de albañilería, que bien podría ser cal y arena, pero que con el paso del tiempo se había petrificado y parecía una bola dura de plastilina blanca. Al verlo tan limpio y en plena superficie de la escombrera, llegamos a dudar de que fuera algún hallazgo arqueológico, ya que semejante tipo de cosas no se encuentran tan al alcance de la mano. Pero la negra costra interior de las ranuras de las letras esculpidas parecía dar a entender que tenía muchos años.
      Buscamos por los alrededores, por si hubiera algo más de interés. No lo vimos. El siguiente paso fue esconder de nuevo en un rinconcito el hallazgo y traer una carretilla que teníamos en la vaquería de mi abuelo, en desuso, para transportarla.
      Una vez allí, le dimos vueltas y más vueltas, tratando de esclarecer lo que habíamos encontrado. Recuerdo que consultamos un viejo diccionario de latín para saber el significado de la palabra “mei”. Pero no venía. La palabra más parecida era “meiar” (orinar) :) Entonces nos pusimos a hablar en tono de broma.
      “Parece que Julio César no dijo, exactamente, “veni, vidi, vinci”, sino que tras la batalla, sintió ganas de ir al servicio y añadió el “mei”. Pero los rigurosos historiadores de la época censuraron esta última palabra, por considerarla de mal gusto”. Dijo mi primo.


Foto de la vaquería, tomada en 2.006, mientras entran mi hermana, mi madre y mi sobrina.
 En aquella fecha su estado de abandono era más que evidente. Pero estaba condenada a ser expropiada y derribada para hacer edificios nuevos

      De vez en cuando, enseñábamos el “Mei” a los amigos. Estos estaban tan confundidos como nosotros. A todos nos llamaba la atención el corto texto y el desperdicio de mármol utilizado. Mi primo no sabía qué hacer con semejante bloque, que le ocuparía un sitio considerable en su casa. Si al menos tuviera más texto o algún grabado, valdría la pena conservarlo.
      Lo que nosotros no sabíamos en ese momento, es que en un solar cercano a la escombrera donde encontramos la inscripción, se edificaría la “Torre del Pirulí”, de Telefónica, cinco años más tarde. Por ese motivo no es nada descabellado pensar que antes de edificar revisaron el terreno, encontraron la inscripción, y una de dos; la arrojaron a la cercana escombrera para no paralizar las obras por el descubrimiento, o simplemente, al ver que no tenía mucho valor arqueológico, fue desechada. A juzgar por lo limpia que la encontramos, me inclino por la segunda opción. Parece que los arqueólogos, al igual que nosotros, estimaron que era poco valioso. No todo aquello que tiene muchos años es digno de ser expuesto en un museo. De hecho, mi primo sabía donde había unos sellos de barro, que se usaban en la antigüedad para cerrar los recipientes. Hay tantos, que al parecer, es absurdo conservarlos todos.
      Actualmente Imagino que la inscripción debía de ser una especie de “letrero” de bienvenida a alguna casa o lugar de negocio, y que la palabra mei debía ser la palabra “mi” de alguna frase que dijera “bienvenido a mi hogar” o algo parecido. Pero a juzgar por su peso, me inclino a pensar que en vez de colgar de alguna pared, estaría semienterrado en el suelo, frente a la puerta, para dar la bienvenida a los visitantes.
      Se decidió que la pesada losa siguiera en la vaquería de nuestro abuelo, deshabitada desde 1.982, pocos años después de su fallecimiento. No recuerdo que le hiciéramos ninguna fotografía, pero tres años más tarde, en 1.990, me compré una cámara de video y es posible que tomara algunas imágenes. De eso hace tantos años, que no me acuerdo si llegué a hacerlo, pero sé que tuve tal intención. Tendría que revisar las cintas. Pero entre la oscuridad del interior de la casa y el tiempo, no creo que se vean con mucha calidad.
      Pasaron los años y dejamos de ir por la vaquería. En 2.006 me compré mi primera cámara digital e hice fotos de recuerdo. Pero no recuerdo que fotografiase el Mei. Tampoco me esforcé en buscarlo mucho, pues me acompañaban mis sobrinitos y era peligroso que entraran en el interior de la casa, que era el sitio donde vi el Mei por última vez.  


Puerta de entrada de la casa. En su interior guardamos el hallazgo. La puerta no está, y el marco se encuentra muy deteriorado. La cerradura fue forzada por los okupas. Las paredes estaban en mal estado y el techo, peor. Daba miedo entrar.

      Aproximadamente, en 2.011, la derribaron, junto con otras viejas casas de alrededor. Los responsables de la obra sabrán qué hicieron con el Mei, suponiendo que aún estuviese dentro, pues antes de ser derribada la vaquería, entraron okupas, drogadictos y grafiteros, y sabe Dios lo que hicieron en su interior.         
      Pese a los comentarios bromistas, Julio César sí que estuvo en Cádiz (Gades), y como es lógico, durante ese tiempo durmió, comió…y fue al servicio :) por lo que mi primo estaba sobrado de razón. Se dice que al ver una estatua de Alejandro Magno y leer que a los treinta y tres años ya era dueño de un vasto imperio, se avergonzó de sí mismo. El tenía esa misma edad y no había hecho nada destacable aún. Sin duda, Cádiz hizo reflexionar a Julio César. Cuando emprendió el viaje de regreso a Roma, lo hizo, planeando sus futuras acciones.                

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