martes, 17 de julio de 2012

La cuarta orden (relato ficción).



   Me llaman “El Guardián”. Tengo 56 años y vivo con mi pueblo bajo la superficie marciana. Nuestra orgullosa civilización se ha deteriorado hasta niveles que difícilmente hubiéramos imaginado antes. Ahora estamos pagando el precio de nuestra estupidez.
   Esas bellas y esplendorosas ciudades que anteriormente fueron envidiadas, ya no existen. Sus escombros yacen mezclados con la arena del inmenso desierto. Aquellos grandiosos monumentos que debían perpetuar las glorias de gobernantes y militares, cayeron con estrépito. Sus virtudes y sus fracasos, también serán olvidados en breve tiempo.
    La población ha sido brutalmente castigada con la muerte y la ruina. No teníamos cosas mejores que hacer que luchar entre nosotros y eso hicimos. No hubo vencedores pero sí un terrible castigo para los vencidos, que fuimos todos. Nuestras condiciones de vida bajo tierra son tan duras, que muchas veces nos preguntamos si tiene sentido nuestra existencia. No debemos echarnos atrás. Hay que seguir adelante aunque hayamos tenido que renunciar a muchas cosas. Luego vendrán tiempos mejores y espero que ésta durísima prueba, nos sirva para algo y desterremos de nuestras conciencias el egoísmo.
   Los ejércitos, ya no existen ¿Para qué? Somos pocos y ahora sí que tenemos mucho que hacer, como para pensar en la guerra. Sin embargo, no bajamos la guardia. Tenemos que enfrentarnos a una nueva amenaza: Los terrícolas.
   Esos entrometidos seres, siempre están curioseando por el universo. No contentos con haber llegado a La Luna y lanzado a través del espacio numerosas sondas exploradoras de fea y extraña apariencia, parece que han puesto sus inquisidores ojos en el desolado, pero querido Marte.
   Como es natural, no nos gustan esos intrusos. Muchas veces, llegamos a tiempo de destruir sus estrafalarios vehículos exploradores, otras les dejamos que curioseen y fotografíen en parajes desérticos de poca importancia, creyendo que perderían el interés en nuestro planeta y nos dejarían en paz. Pero no ha sido así.
   Hace pocas horas, mi radar ha detectado que una nave tripulada con cuatro hombres, ha descendido en una zona de cierta importancia ¡Mal asunto! Eso nos obligará a tomar decisiones drásticas. Así que antes que nada, decido enviar a mi robot “Metauro IV”. Este tiene el aspecto de una brillante bola de tonos broncíneos, equipada con cámaras, sensores especiales y armas.
   Tras un silencioso viaje arrastrándose por la arena, el Metauro llega a su destino. Por sus costosas cámaras, puedo comprobar que han tenido tiempo de construir unas estructuras habitables y otras donde depositan el material encontrado. Dentro de poco, oscurecerá. Si mi intuición no me falla, el oscuro y traicionero manto de la desértica noche marciana, será testigo de unos sucesos terribles.
   Hay un par de módulos separados por algo más de 50 metros, en los que se alojan los astronautas. Dos tripulantes en cada uno de ellos. Parecen extremadamente contentos por los objetos hallados. Pasan las horas y los delicados sensores del robot, no registran movimientos entre los humanos. Están durmiendo. Es hora de actuar.
   Conozco muy bien mis órdenes. La primera ya está hecha y consiste en llegar al objetivo. La segunda, en hacer un reconocimiento. La tercera, evaluar la situación. La cuarta, tomar medidas.
   De inmediato, activo la segunda orden. El robot, despliega ocho patas y camina silenciosamente. En la pantalla puedo ver los objetos; unas piedras con escrituras muy desgastadas, unos recipientes que al parecer contienen muestras de agua y los restos de una nave que fue en su día el orgullo de nuestra flota espacial.
    Tomo la decisión a los pocos segundos. No hay inconveniente en que se lleven las desgastadas piedras ya que su deterioro es grande y su importancia como objetos arqueológicos, muy cuestionable. Por el contrario, las muestras de agua demostrarían que existe vida en mi planeta y los restos de la nave, les serían de una gran ayuda para construir otras mejores. Eso haría más frecuentes sus incómodas visitas y peligraría nuestra propia existencia. Con el corazón lleno de angustia, decido cuál va a ser la cuarta orden: La aniquilación de la vida de esos intrusos.
   Por ello, aprieto un botón y activo una especie de ojo verde del broncíneo robot. De éste sale un poderoso rayo que destruye un trozo de la metálica pared de uno de los módulos habitados por los terrícolas. Luego, entra en el interior. Las parpadeantes luces de los controles de la base, emiten destellos que se reflejan en su esférico armazón dorado. En su lento y silencioso caminar, entra en la habitación donde reposan dos de los intrusos. Uno de ellos, despierta violentamente. Debe ser aterrador tener frente a ti a una araña metálica de casi dos metros de alto, con ocho delgadas patas cuyo brillante ojo verde, como la esmeralda se dispone a lanzar su mensaje de muerte.
   El primero intenta levantarse, pero muere en el acto y cae desplomado en la cama. El segundo consigue escapar hasta la sala de control. El robot gira y su preciso rayo, le alcanza en el cuello. El hombre, también muere.
   Le queda muy poca energía a mi robot. Pero es lógico, ya que los casi 100 kilómetros de trayecto, han consumido buena parte de sus baterías. Por lo tanto, no es buena idea ir a por los otros dos astronautas. Así que decido plegar sus patas y dejarlo que se cargue, camuflado en el terreno.
   Cuando amanece, los otros dos intrusos entran en el módulo para reunirse con sus compañeros. Su aterrada conversación, es captada por mi robot.
 -¡Están muertos! ¿Me oyes? ¡Muertos! ¡Oh Dios mío! ¿Cómo ha podido suceder ésta tragedia?
-Cálmate Jim, todo tiene una explicación. Voy a echar un vistazo a las imágenes de la videocámara, para saber lo que ha pasado, pero por favor déjate de histerismos y tranquilízate.
   Está amaneciendo. El caluroso Sol, recarga las baterías del Metauro. Dentro de una hora, estará lo suficientemente cargado como para cumplir con la segunda parte de su òrden. En estos momentos, yace como un brillante juguete, cerca de la base de los hombres. Mientras uno de ellos mira las imágenes, el otro aguarda nervioso, vigilando con un martillo en la mano. Si llegara a encontrarse con mi robot mientras está en fase de carga, lo destruiría sin muchas dificultades. Por ello, aguardo impaciente a que pase el tiempo, mientras ellos pierden el suyo en vez de salir al exterior y buscar el peligro. Seguid así, queridos míos. Dentro de una hora, todo habrá terminado para vosotros ¡Marte debe sobrevivir!

(Según algunos autores de ficción, la palabra “terrícola” es una forma despectiva que tienen de llamarnos los habitantes de otros mundos).

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