jueves, 24 de agosto de 2017

Breve estancia en el pub

La anécdota que os narro a continuación es probable que ocurriera en el año 1.989, durante los carnavales. Mis dos amigos y yo, ya habíamos disfrutado suficiente el día anterior. Por ese motivo, nos fuimos a un lugar tranquilo, situado en la otra punta de la ciudad. Era el pub "Las Brisas". Llegamos a creer que estaba cerrado, como la gran mayoría de los establecimientos que estaban alejados de los lugares donde estaba el ambiente festivo. Pero como no teníamos nada que hacer, nos acercamos al pub donde íbamos siempre, como si fuera un día normal.

       La primera cara que vimos fue la de mi tocayo, "Antonio", uno de los camareros. No se alegraba de vernos. Estaba muy serio. Eso no era habitual en él. Anteriormente había sido conductor de autobús. El estaba entre los dudosos a renovarles el contrato. Mientras se decidían o no, encontró el trabajo en el pub. Imaginé que al no ser su oficio habitual, por eso se tomaba demasiadas confianzas con los clientes. Pero esa noche tenía otros motivos para estar de mal humor.

       -¡Bien podríais haberos ido a otro sitio! Dijo, al vernos.

       El local estaba casi vacío. Los otros dependientes nos miraban con disgusto. Parecían compartir los sentimientos de Antonio. Uno de los pocos clientes que estaba, era "Chema", un vendedor de un kiosko que estaba situado junto al cementerio de los ingleses. Al vernos, sonrió. Llevaba un vaso de cerveza, casi vacío, en la mano. Nos acercamos para saludarle. Nos explicó que con nuestra llegada le habíamos fastidiado la fiesta a los trabajadores del pub. Pretendían cerrar temprano, como los demás establecimientos, e irse a disfrutar de las fiestas. El dueño accedió, pero con la condición de que debían permanecer mientras hubiera gente en el pub.

       Ellos nos llamaban "El bueno, el feo y el malo". Este último era yo, y el poco agraciado de Paco, era el feo. Admito que a veces me ponían de mal humor los comentarios absurdos del ex conductor de autobús.

       "Edu", que era invidente, decepcionó ese día a los servidores del pub. No fue muy bueno que digamos. Dijo a Chema en tono burlón, y en voz alta:

       -¡Pues yo no tengo prisa, y no me voy a ir de aquí, hasta que me tome la última gota de mi cerveza!

       Nos sentamos a tomar las bebidas. El dueño del pub estaba de pie, en un rincón, dejado caer en la barrra, mirando un periódico con aparente indiferencia. Antonio daba vueltas, impaciente, con la bandeja bajo el brazo, aguardando a que termináramos. Edu debió de notar su inquietud, porque en cuanto se alejaba un poco de nosotros, se ponía a gritar, alegremente:

       -Aún no hemos acabado. No tenemos prisa.
     
       Cuando por fin terminamos, nos fuimos a pagar, para alivio del personal del pub. En ese mismo momento entraron tres chicas para disgusto de Antonio y sus compañeros. Salimos. Nos pusimos a charlar mientras caminábamos por el oscuro y vacío paseo marítimo. Apenas habían pasado quince o veinte minutos, cuando cuatro figuras encapuchadas y vestidas de rojo, nos hicieron gestos y nos adelantaron. La última de ellas se detuvo, se quitó la capucha y sonrió ¡Era Antonio!

       Nos echamos a reír. Parece que el dueño del pub se compadeció de sus trabajadores y los dejó marchar ¡Con razón corrían! Tal vez temieran que se echara atrás en su decisión y los llamara a trabajar de nuevo.

3 comentarios:

  1. Ja,ja, pobrecillos se iban a perder la fiesta.
    Un abrazo

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  2. Gracias, Vero, por tu comentario. Me alegra verte de nuevo. Un abrazo.

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